viernes, 22 de marzo de 2013

Saber lo que somos

 

La humildad, es una virtud escasamente vista últimamente, pero muy necesitada siempre.  
Deriva del latín “humilitas”, “humilis”,  que significa también bajo de la tierra y humus, ya que en el pasado se pensaba que las emociones, deseos y depresiones eran causadas por irregularidades en las masas de agua.

También en otra acepción de traducción, se la interpreta como bajar el ego al piso, o a la tierra.
Su sinónimo es la modestia. Y su antónimo la soberbia.

El practicarla, mejora las demás virtudes, al elevarlas, enriqueciendo la personalidad.
Es una actitud mental, que consiste en aceptarnos con nuestras habilidades y nuestros defectos, sin vanagloriarnos por ellos. De forma objetiva y realista, sin fantasías, siendo conscientes de nuestro pequeño lugar en el Universo, de nuestra inferioridad en el infinito.

Jesús dijo: "El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido" (Mateo 23.12).
Nuestra humildad al reconocer nuestras debilidades y fortalezas, contribuirá a entender las debilidades y fortalezas de otros, y tratarlos con mayor consideración y comprensión.

La arrogancia y el orgullo son características de los que carecen de la sabiduría de Dios.
Amor y paz son signos de humildad.

La humildad no es indicio de debilidad, sino de valor para enfrentar lo necesario teniendo conciencia de nuestro pequeño lugar.
Es la sabiduría de aceptar nuestro nivel real evolutivo, de que somos aprendices, con un conocimiento limitado que nos llevará a buscar el que nos falta. Por eso la mente humilde es receptiva, abierta a nuevas sabidurías que nos llevarán a posteriores saberes, y nuevas dudas. Y eso nos permitirá reconocer más fácilmente nuestros errores, para aprender y para saber escuchar a los que saben y ser pacientes con los que no saben aún.

La humildad, muchas veces es confundida con la deflexión o anemia afectiva.
La modestia, el no alardear de nuestras capacidades, y el no jactarnos por el bien que consideramos haber hecho, no tiene que significar el no saber recibir todo lo bueno que las mismas capacidades y obras producen en los demás. Agradecimiento, amor, afecto, admiración, alegría.

Lo llamamos anemia afectiva, porque como a quién le falta hierro en la sangre, el afecto no es asimilado por su ser, generándole carencias emocionales (soledad, inmerecimiento, desamor, etc)
Es típico en aquellas personas que cuando reciben un elogio o un halago, evaden la situación con un desmerecimiento de esa ponderación, minimizando sus cualidades o excusándolas. Como si tuvieran que pedir disculpas por ser quiénes son, por ser bellos, por ser inteligentes, por ser amados. Les cuesta recibir el afecto del otro.

Es frecuente, que se nos adoctrine desde pequeños para dar, pero no se nos enseñe a recibir. Siempre que damos, hay otro que recibe. Pero este proceso no se debe dar siempre en un único sentido: el que da también recibe y el que recibe también da.
La virtud en ambas fases del circuito, es dar con sabiduría y recibir con sabiduría también. Quién da siempre sin esperar recibir, lo hace por una deficiencia emocional o porque considera que no necesita.

Si no necesita, es porque presupone no ser igual a los que necesitan, ergo, es superior o inferior a ellos.
Si se considera inferior, postergando usualmente sus necesidades frente a las de los otros, tiene un defecto de baja autoestima a trabajar. Si se considera superior a los que da, estamos frente al antónimo de la humildad: la arrogancia.

Es como si alguien tuviera una torta para repartir, y la dividiera en el número de porciones de personas restantes, sin considerar que también puede recibir una porción. Puede hacerlo porque considera que no la merece (anemia afectiva, baja autoestima) o porque no la necesita (soberbia).
En ambos casos, no está siendo parte del todo a repartir. Está afuera. Y en consecuencia, al estar afuera, está solo.

Nada tiene que ver esto con la humildad, dado que la virtud de la humildad, es receptiva. Está abierta en su conciencia de saberse parte de un todo, una ínfima parte, como un cuenco donde se recibe parte de ese todo, y a su vez cuando se recibe también se puede dar lo que se recibió con anterioridad. Es un flujo constante y perpetuo. El flujo del Universo.  Y como parte de ese Universo, lo reflejamos en nuestro interior. Mayor será la armonía, cuanto mejor lo reflejemos internamente.
Así, la humildad no supone deflexión. Una es una virtud, y otra un defecto. Pero es frecuente que en nombre de la primera se esconda  la segunda.

Es decir, en nombre de ser humildes, es frecuente que no recibamos el afecto o los halagos que nuestras capacidades generan en los otros.
Recíbelos con realismo de saber quién eres, con tus capacidades y tus incapacidades, pero siempre consciente que lo mereces, por eso se te es dado, porque es mejor que existas a que no.

El bien que se hace por ti, permite que sea hecho. Agradécelo y recíbelo con humildad. Lo mereces, pero eso no quita que debas jactarte de ello, frente a los que no lo recibieron.
El bien que quieras hacer, asegúrate de hacerlo. Y hazlo sencillamente, sin que nadie lo sepa. Utiliza tus capacidades en beneficio tuyo y de los otros, pero también, sé consciente de tus incapacidades, y aprende a resolverlas con la ayuda de las capacidades de los otros.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Hacia adentro


Es muy común el uso indistinto de los términos timidez, introversión y auto-represión, para etiquetar distintos comportamientos no fluídos en términos de relación social.
La timidez,  es un estado anímico, que afecta en las relaciones con las personas y limita el desarrollo social. La delimitación de este estado anímico, dió lugar a numerosas teorías, que podrían resumirse de la siguiente forma:

-              Zimbardo: para Philip Zimbardo -terapeuta e investigador-, es un estado de incomodidad causado por la expectativa de posibles consecuencias negativas de las relaciones con otros.
-              Yagosesky: para Renny Yagosesky - escritor y orientador conductual- es una condición innata predisponente a la introversión social, o como una respuesta psicofísica aprendida, de intensidades variables, asociada con la expectativa de evaluación social negativa.

-              Goleman: para Daniel Goleman, en su libro “Inteligencia emocional” es un producto posible de una disposición neuronal innata muy particular en los lóbulos prefrontales, que generarían una especie de sensibilidad alterada en un porcentaje de 15% de los sujetos con esta configuración. Pero también afirma, sin embargo, que la mayoría de los aspectos asociados con la timidez son adquiridos socialmente.
-              Innatista: para una visión neurológica, la timidez puede surgir y sostenerse por la modificación cerebral que causa la repetición de un comportamiento.

Lo cierto es que podemos observar a través de los distintos enfoques básicos mencionados, que el centro del estado anímico de la timidez, se genera básicamente en expectativas puestas en los otros en forma negativa.
Los alcances de este estado anímico es lo que definirá la afección en nuestras relaciones sociales. Es decir, este estado anímico, puede generarse ocasionalmente, frecuentemente o siempre; ante determinadas situaciones sociales o ante algunas en particular, etc.

Lo cierto es que casi todo el mundo ha sentido timidez en algún momento o situación de su vida, aunque este estado anímico no defina su comportamiento social. Incluso el sentir timidez, a algunos, no les impide relacionarse, y a otros los inhibe por completo, al punto del aislamiento.
Pero también es de destacar, que no siempre ello tiene connotaciones negativas, dado que por ejemplo la persona tímida, es una gran observadora. Al tardar en integrarse, puede pasar más tiempo observando la escena antes de participar activamente en ella.  

La introversión, es un término que fue difundido por Carl Gustav Jung en su obra “Tipos psicológicos”.
Donde la define como una actitud típica que se caracteriza por la concentración del interés en los procesos internos del sujeto, por sus pensamientos y sentimientos, con tendencia a encerrarse en su propio mundo interior.

Desde un punto de vista menos psicológico y más espiritual, podríamos decir que se trata de la capacidad de penetrar el alma humana dentro de sí misma, abstrayéndose de los sentidos.
A diferencia de la timidez, la actitud es enfocada hacia adentro, en lugar de colocarla hacia afuera, temiendo no cumplir las expectativas sociales, o sintiéndonos impotentes frente a la opinión de los demás que siempre imaginamos adversa de antemano.

Eso no quita que al replegarse sobre sí mismo, el introvertido, tenga  dificultades en el contacto social y la adaptación a la realidad. Pero el foco generador de la conducta, está colocado en sentido inverso.
La auto-represión, es la acción de reprimirse, en el sentido de contener, detener, y refrenar el deseo o los impulsos, o las necesidades corporales o emocionales. Se evidencia muy claramente, en el ámbito sexual, por la carga emocional que los mandatos paternos o sociales colocan sobre el individuo de acuerdo a las épocas y comunidades en cuanto a este aspecto.

El foco se encuentra aquí en un alto sentido del deber y el control sobre sí mismo. Pero al igual que en el caso de la timidez y de la introversión, también repercute en las relaciones sociales, por la falta de flexibilidad y la preocupación excesiva por la opinión ajena.
La auto-represión está enormemente ligada a la noción de sacrificio, que en altos grados, evidencia un profundo problema para disfrutar y conectarse con el placer.

Y suele observarse socialmente, como personas de gran disciplina, alto grado de perfección y suma rigurosidad en todo lo que realizan.
Como vemos, los tres conceptos se relacionan, pero no necesariamente se dan en forma conjunta, ni tampoco la existencia de uno excluye al otro. Todos están presentes, aunque sea en un mínimo grado en todas las personas.

Y sí, tienen un antagónico en común: la liberación.
Sea la liberación de la forma natural de mostrarnos frente a los otros (timidez) o la liberación de nuestras emociones y nuestra intimidad hacia afuera en contacto con la realidad a través de nuestros sentidos (introversión), o la liberación de nuestros deseos e instintos hacia su satisfacción mediante el placer (auto-represión).

Y también tienen una base común: la culpa.
Culpa por no agradar a los otros (timidez), culpa por no aceptar la realidad que nos rodea y experimentarla (introversión) y culpa por sentir placer (auto-represión).

Y también los tres señalan conflictos internos más o menos persistentes –según el caso-, deficiente autocuidado y valoración, que derivan inexorablemente en un alto estrés emocional, a veces resultante en somatizaciones, que en el caso puntual de la auto-represión, generalmente se concentra en la hipertensión y las afecciones coronarias crónicas.
Más allá de nuestra propia valoración acerca de la naturaleza humana original como positiva o negativa, estos estados, actitudes o tipos, nos condicionan no sólo socialmente, sino primordialmente en forma interna.

En una sociedad donde la masa es más valorada que la entidad individual, es sumamente preocupante que la esencia no pueda ser liberada en un curso pacífico de convivencia a través de estos impedimentos, que evitan el desarrollo de la evolución humana, y son fomentados en la mayoría de los casos desde la primera infancia.
En post de una integración social, estamos perdiendo nuestras propias individualidades, más preocupados por el mirar ajeno, que por conocer nuestra alma para poder entender mejor la realidad que nos rodea, viviéndola con placer y satisfacción.

martes, 5 de marzo de 2013

A su propia suerte


El domingo 17 de Febrero del corriente año, nos invadió la noticia en casi todos los medios de comunicación, del accidente automovilístico ocurrido en la Autopista Panamericana, Ramal Pilar.
Donde se habría atropellado a un ciclista, a la altura del kilómetro 52, hacia las 06:30 de la mañana.
La víctima, se llamaría Reinaldo Rodas, y de acuerdo a los dichos de sus familiares, se estaría trasladando hacia su lugar de trabajo, el Country El Mapuche, donde se desempeñaría como vigilador privado para la Empresa Watchman.
El conductor del Peugeot 504 que habría ocasionado el accidente, fue identificado como Pablo García, hijo del periodista y locutor oficialista, Eduardo Aliverti.
Pablo García que de acuerdo a trascendidos, tendría 1,45° de alcohol en sangre, estuvo demorado en una comisaría y luego recuperó su libertad por tratarse de un delito excarcelable, dado que la imputación penal - que aún se mantiene-, es la de homicidio culposo.
Muchas son las aristas que surgen del caso, cuya peculiaridad, es que el conductor, habría trasladado más de 10 km a la víctima en su auto, hasta llegar al peaje, no habiendo sido dilucidado aún judicialmente, si en el mismo pidió ayuda o fue demorado por el personal de Autopistas del Sol. Pero sí, habiéndose establecido, que la víctima murió en el momento del impacto, a través de los resultados de la autopsia.
Podríamos analizar, la creciente frecuencia de los accidentes automovilísticos; la aún existente y común conducción temeraria de personas alcoholizadas; la pena del homicidio culposo; o su delimitación con el doloso a través del dolo eventual. Incluso, si el exceso de alcohol en sangre debería considerarse como atenuante o agravante. O también, la utilización política del caso, al tratarse del hijo de un periodista extremadamente comprometido con el poder político actual.
Pero quisiera detenerme en el hecho del traslado de la víctima en el auto del conductor, y el análisis de si mediara o no la conducta delictual de abandono de persona tipificada en el art. 106 del Código Penal de la Nación, dado que ello diera lugar a muchos comentarios periodísticos, en su mayoría equívocos.
Sin duda, en su acepción más común, el abandono constituye la acción y efecto de abandonar, en el sentido de dejar en desamparo, sin asistencia ni cuidado, dejando a la persona librada a su destino o a su suerte.
En el Derecho Penal Argentino, esta figura que diera lugar a cuantiosa doctrina, fue tipificada en los arts. 106 a 108 del Código Penal de la Nación, dentro de su capítulo VI, bajo el título “De los delitos contra las personas”.
Básicamente, el art. 106,  tipifica la figura delictiva describiéndola como el que pusiere a otro en peligro en su vida o en su salud, sea por colocarlo en estado de desamparo o sea por abandonar a una persona incapaz de valerse por sí misma, y con respecto a la cual haya un deber de cuidado, o sea por quien ha incapacitado a esa persona, siendo el autor del delito.
La pena es de prisión de dos a seis años, agravándose con reclusión o prisión de tres a diez años, si el cuerpo o la salud de la víctima sufrieran un daño grave como consecuencia del abandono. Un mayor agravante, que eleva la pena a cinco y quince años en su mínimo y máximo, sucede si muere la persona abandonada.
Es cierto, que el conductor del Peugeot 504 -si se comprobara que fue el autor del delito que se le imputa- sería quién habría incapacitado a la víctima. Y por consiguiente, tendría la obligación de cuidado sobre ella. Pero al resultar a través de la autopsia su muerte en el momento del impacto, la persona no habría muerto por causa del abandono o de la omisión de los deberes de cuidado del conductor, sino por la coalición misma, de la que sí sería hasta el momento causante el conductor, y por consiguiente el imputado del homicidio culposo. Pero no podría por la mismas razones, adicionársele el delito de abandono de persona.
Pero este caso es tan particular, que no estando fehacientemente comprobado  hasta el momento, si el conductor lo trasladaría en su auto estando en conocimiento de su muerte, o pensando en acudir a auxiliarlo buscando ayuda en el peaje; que si la víctima no hubiera muerto en el momento del impacto, sí hubiera podido analizarse la existencia del delito de abandono de persona agravado por la posterior muerte.
Porque el conductor, al trasladar más de 10 km a la víctima, teniendo el Hospital Municipal en sentido contrario a donde se dirigió, imposibilitó que otros acudieran en auxilio, aún no habiendo abandonado físicamente a la víctima. Lo que se equipara en los hechos y en los resultados posibles al suceso más común, que es que, quién ocasiona la lesión con su automóvil, huya del lugar y deje tirada a la víctima sin socorrerla.
Pero es interesante analizar el alcance de la acción típica penal de abandonar. Porque allí es donde están las mayores discrepancias doctrinarias y las más confusas declaraciones periodísticas.
Así, un sector de la doctrina, entiende que para que exista abandono debe haber una separación espacial entre el autor y la víctima. Es decir: debe haber un alejamiento. En el caso en cuestión, si la víctima no hubiera muerto aún al momento del impacto, se pensaría que no hubo abandono, en tanto y en cuanto, el autor la habría trasladado en su auto, no mediando distanciamiento espacial alguno.
Pero otro sector de la doctrina, representando la postura mayoritaria, entendió que basta con que exista una omisión del deber de asistencia –sin necesaria separación espacial-, para que se configure el tipo. Según esta segunda postura, debe admitirse que el abandono puede realizarse por omisión. El no abandonar es una obligación de prestar cuidados. No simplemente una obligación de permanecer físicamente cerca de la persona a cuidar.
Piénsese por ejemplo, en el supuesto en que el autor del delito no hubiera trasladado a la víctima en su auto (hecho que puede sugerir incluso una posible intención de ocultamiento), sino simplemente se hubiera quedado parado junto a la víctima sin realizar ninguna acción de socorro, asistencia o pedido de auxilio.
Es decir, si la víctima no hubiera muerto al momento del impacto, el deber de asistencia no habría quedado cumplido por el simple traslado sea cuales fueran las intenciones de este último.
El otro planteo que podemos analizar en torno al delito de abandono de personas, es en cuanto a si constituye una figura de peligro abstracto o concreto.
El tipo legal delimitado en el artículo 106 del CPN, hace referencia explícita a “poner en peligro…”, pero no acota, si este peligro debería ser abstracto o concreto. Es decir, ¿qué tipo de peligro requiere el tipo penal para configurarse?
En el caso en cuestión, no había peligro para la salud o la vida, dado que ésta estaría terminada -según la autopsia- al momento del choque. Pero supongamos que no hubiera sido así, y analicemos los tipos de peligro diferentes que podrían haberse dado en el choque en Panamericana.
La primera opción, -peligro abstracto- implica que el tipo penal se configura con el solo desamparar o abandonar. Estas acciones, de por sí importan un peligro, y son punidas por la ley. Dejar librado a su suerte, sin mecanismos que neutralicen el peligro, es ya una “situación de peligro”.
La segunda opción, -peligro concreto- establece que no basta que haya habido un desamparo o un abandono. Además, debe haber existido un peligro concreto a raíz de ese desamparo o abandono, que haya afectado a la víctima. Sólo así cabe punición penal.
Es cierto que si pensamos que el autor puede representarse al momento de abandonar la concreción posterior del riesgo mediante su abandono, ésta concreción será efectiva mediante vías causales que él no puede dominar, es decir abstractas. En el caso de análisis, el sólo hecho de no brindar asistencia a alguien a quién se impactó con el automóvil propio, o trasladarlo en sentido contrario a la posible recepción de los auxilios, hace representar a quién lo realiza que las lesiones ocasionadas se agraven, o se produzca la muerte como resultado de su no atención. Pero ello dependerá incluso de muchísimos otros factores que no están al alcance del autor del abandono, es decir que no están bajo su control.
Si, en cambio, al momento de la acción de abandono ya está concretado el riesgo por completo, sólo quedará espacio para el delito de homicidio, o dada las circunstancias, para el delito de lesiones, con el tipo consumado o en grado de tentativa. En el ejemplo de análisis, sería si el autor, hubiera colocado a la víctima en medio de la vía rápida de la autopista Panamericana, viendo que venía otro automóvil a menos de 100 metros de distancia a alta velocidad.
La representación que se haga de esto el autor, debe surgir del contexto de la situación, de su propia capacidad para percibir el riesgo, y de las demás circunstancias del caso. 
Entiendo entonces, que el abandono de personas debe concebirse como un delito de peligro abstracto. Todo abandono que configure un peligro, aunque éste no se traduzca luego en una amenaza puntal, es una conducta que debe evitarse, y que de configurarse, debe punirse. Lo que no excluye, por supuesto, la condición de que exista un peligro, dado que ello está expresamente descripto en el tipo legal.
En el caso en cuestión entonces, habiéndose probado hasta el momento mediante la autopsia, que la muerte de la víctima se había producido en el momento del impacto por el Peugeot 504, que conduciría el autor, no media peligro para la vida y la salud posterior al choque, en tanto y en cuanto, dicha vida ya estaba culminada con el choque mismo. Y ello no resiste tipificación del delito de abandono de persona, en tanto y en cuanto no existe uno de los condicionamientos iniciales de la tipificación del art. 106 del CPN, por más que algunos cuestionamientos periodísticos hayan puesto de relieve lo contrario.
Lo que sí, cabría mencionar al respecto, es si es moralmente reprochable la conducta posterior del presunto autor del delito de homicidio culposo, de haber trasladado a la víctima en el asiento delantero de su automóvil – donde habría quedado incrustado- , de una forma irresponsable, apática, y sin probarse acabadamente sin que fuera mediante trascendidos, las reales intenciones de éste mediante tal conducta atípica.
Pero en todo caso, no sería menos reprochable, que la conducción en una Autopista de alto tránsito, con tal graduación alcohólica en sangre, que triplica los mínimos estipulados para conducir, y sin duda disminuye notoriamente los reflejos y la representación mental de las nociones de espacio y tiempo, de estricta necesidad al momento de manejar un vehículo.
Hay muchas maneras de matar, culposa o dolosamente, por acción o por omisión. De cualquier manera, se pierde una o más vidas. El resultado es siempre reprochable, no sólo penalmente, sino moral y solidariamente que es aún socialmente peor.

viernes, 1 de marzo de 2013

Saltando instancias



El 14 de noviembre del año 2012, fue sancionada la ley 26790, de Recurso Extraordinario por salto de instancia, que incorpora al Código Procesal Civil y Comercial, los artículos 257 bis y 257 ter.
La ley regula el recurso extraordinario que procederá ante la Corte Suprema de Justicia en aquellas causas de competencia federal, en las que se acrediten cuestiones de notoria gravedad institucional, que sólo pueda ser subsanada mediante este recurso expedito, evitando perjuicios de imposible o insuficiente reparación ulterior (art. 257 bis CPCC).-
Se llama extraordinario, por lo restringido de su objeto, limitado en este supuesto de análisis en particular, a casos de extrema gravedad institucional en causas de competencia federal.
Los casos de extrema gravedad institucional son aquellos existentes en las causas donde están comprometidas algunas de las Instituciones Fundamentales de la Nación y donde lo que se decida en la misma, afecte o pueda afectar a toda la sociedad.
En principio, es obvio considerar que cualquier cuestión de extrema gravedad institucional, debe superar el interés particular de las partes comprometidas en la causa objeto del recurso extraordinario. Y demás está decir, pero lamentablemente no aclarar, que también debería superar por sobre todo, cualquier tipo de interés político, por más que el mismo repercuta en definitiva en la sociedad, en tanto las cuestiones políticas no son ni deberían ser judiciables.
Como este tipo de recurso, no requiere que se hayan agotado las instancias judiciales previas a la Corte Suprema de Justicia, es conocido ordinariamente como “per saltum”, voz latina que significa por salto. Y supone una excepción procesal, justificada por la gravedad institucional objeto del recurso, de transitar judicialmente las instancias tribunalicias ordinarias en todo proceso judicial y garantizadas por nuestra Constitución Nacional, cuando hace referencia conceptual en su art. 18, al debido proceso, que en definitiva está instituído con varias instancias ineludibles procesalmente, en garantía del derecho de defensa.
Así, serán instituciones fundamentales de la Nación aquellas básicas para el sistema republicano de gobierno.
Pero la incorporación del art. 257 bis, lleva mucho más allá, el supuesto objeto restrictivo, que hace lugar a la excepción de las instancias judiciales y al nombre de extraordinario con que fue categorizado, cuando extiende su objeto a los principios y garantías consagrados por la Constitución Nacional y los Tratados Internacionales por ella incorporados.
Entendemos que dichos principios y garantías, a tutela de todos los jueces de la Nación (control difuso), según el artículo 14 de la ley 48, deben poner en riesgo grave a las instituciones de la Nación, en tanto y en cuanto, si lo hicieran sólo afectando intereses particulares, quedarían excluídos de esta modificación, y comprendidos en el control de constitucionalidad ya legislado en la ley 48 antes mencionada.
El artículo 257 ter, incorpora al Código Procesal Civil y Comercial de la Nación, los plazos, formas, y efectos del recurso:
-  se interpondrá directamente ante la Corte Suprema mediante escrito fundado y autónomo, dentro de los diez (10) días de notificada la resolución impugnada;
-  el auto por el cual el Alto Tribunal declare la admisibilidad del recurso tendrá efectos suspensivos ; -  se dará traslado a las partes interesadas por el plazo de cinco (5) días.
Los efectos son suspensivos, porque suspenden la ejecución de la sentencia que se recurre hasta que no se resuelva el recurso extraordinario en cuestión.
Es interesante recordar que la institución del Per Saltum, se admitió ya por la Suprema Corte de Justicia hacia los años 90, para la privatización de algunas empresas estatales durante el gobierno del Dr. Carlos S. Menem.
Sería interesante meditar, acerca de si la vulneración de algún principio o garantía constitucional, no supone siempre y de alguna manera, el compromiso del sistema republicano de gobierno, con sus instituciones incluídas. Pero es tal la violación permanente que en las últimas décadas sufre nuestra Carta Magna, a través de leyes notoriamente inconstitucionales elaboradas por legisladores que deberían conocer por lo menos teóricamente nuestro sistema legislativo, que dicho análisis además de ser inocuo, deja de ser relevante ante tal superposición habitual de una ley, con claros fines políticos y no legislativos.
También es importante señalar, que la agilización estructural  y procesal de las instancias sería de alta prioridad, porque en definitiva ello atenta también contra el sistema republicano de gobierno, en cuanto la justicia demorada, no es justicia. Pero como no era el objetivo político imperante, ni lo fue hasta ahora lamentablemente, ni antes ni en el momento de sanción de esta ley, nadie procuró legislar al respecto. Dejando una posibilidad de saltar instancias bastante amplia en cuanto a su no delimitación ni reglamentación, sólo en aquellas cuestiones que sirvan para las operaciones o persecución de enemigos contrarios a las ideologías oficiales.

Compartiendo el  pensamiento de Juan Bautista Alberdi, en cuanto: “Toda postergación de la Constitución es un crimen de lesa patria; una traición a la República.” , sólo resta acotar, a tan lisa y llana afirmación, que cada vez que la vulneramos o permitimos que se la socave, estamos vulnerando un poco de nosotros mismos, de nuestra República y por supuesto de nuestra libertad.
Cada vez que se legisla con objetivos claramente políticos o demagógicos, se denigra al Poder Legislativo a un simple papel de operador político definido por las mayorías de turno que nos toquen o que mejor dicho, elegimos para conformar nuestro Congreso Nacional, y no un Poder independiente en una República en serio.

jueves, 21 de febrero de 2013

Por omisión


Es habitual, que cuando vemos a nuestro alrededor situaciones o eventos que nos disgusten, o nos parezcan injustos, no intervengamos para resolverlos pero,  sin embargo,  adoptemos una actitud de constante queja con respecto a lo que sucede.
A diario vemos situaciones que nos generan malestar. Desde una constante alza de precios cuando vamos de compras, maltratos frecuentes de cualquiera que cruzamos en nuestro trayecto, niños pidiendo por la calle, personas durmiendo a la intemperie, droga y violencia por doquier, inseguridad, etc.

Todo ello nos va sumando un stress adicional, que como el smog, se va pegando en nuestro ser. A tal punto se torna habitual que, con el tiempo, vamos perdiendo la noción que lo que vemos en realidad nos disgusta, y como un mecanismo de defensa natural, pasa desapercibido para nuestras emociones. No nos sorprende, ni nos llama la atención.

Nos acostumbramos a las injusticias, desde la escuela. Tal es así, que cuando vemos que se castiga a toda una clase por la acción cometida por un alumno, lo aceptamos como algo normal. Sin requerir de quién está al frente de la misma, una actitud más responsable, y más comprometida con su labor. Dado que cualquier docente que realmente tenga autoridad sobre sus alumnos, en primer lugar los conoce. Entonces, conoce qué actos son propios de cada uno, y no de todos.
Pero es más simple, emitir una sanción general, que resolver el tema particular. Así, quién no genera conflicto en una clase, termina recibiendo el mismo trato que el que sí lo genera. Aprendiendo desde muy pequeño, que no es meritorio portarse bien y cumplir con las reglas de conducta. Porque desde pequeños, aprender que las reglas hay que cumplirlas, parece no ser un tema primordial.

Desde los actos más comunes, como volver por la noche del trabajo, o llevar a nuestros hijos a una plaza, requieren de nuestras alertas mentales un desgaste adicional. Estar permanentemente atentos a posibles robos, secuestros, arrebatos o abusos, es tarea cotidiana, que evidentemente disminuye nuestra energía mental y emocional, tornando excesivo el esfuerzo en realizar las tareas más cotidianas.
Aún en las noticias, se evidencian permanentemente actos de corrupción, robos, maltratos, violencia, especialmente dirigida a los niños y a las mujeres, homicidios, accidentes de tránsito, que son lamentablemente, moneda corriente. El mayor inconveniente, es que poco a poco, y por nuestra supervivencia, nos vamos acostumbrando a vivir de esta manera, consensuando inconscientemente cierta normalidad en estos acontecimientos.

De tal forma que, cada vez nos encerramos más. Hablamos menos personalmente, y nos comunicamos por medios alternativos, totalmente anónimos y despersonalizados.
Perdemos la noción de hace cuánto no vemos a alguien, si hemos mirado sus fotos en Facebook, o lo hemos leído en Twitter.

Nadie está desconociendo el valor de estas fabulosas herramientas de comunicación, sino que el inconveniente está en que poco a poco están reemplazando el trato cara a cara, el contacto físico real, y el lenguaje simbólico gestual, que tan rica información nos brinda acerca del otro, y por lo tanto de nosotros mismos.
De más está decir, que la velocidad con que transcurren los hechos, y con la que acontece y se conoce la información, hace que permanentemente estemos recibiendo estímulos externos que nos distraen de los estímulos internos que deben en realidad motivarnos.

Ya no queda casi tiempo para encontrarse, para reflexionar, para meditar, o simplemente conversar con alguien. Ya no queda tiempo…  y no queda seguridad para poder relajarse sin pensar en que uno puede ser asaltado, hasta incluso dentro de su propia casa.
El trasladarse se ha convertido en un juego de vida o muerte, sea por las condiciones de los medios de transporte, o por los riesgos de tránsito o de inseguridad existentes.

Si alguien tiene la fortuna, de contar con un automóvil para moverse, y le llegara a suceder algún inconveniente mecánico que le impidiera continuar su camino, y entonces tuviera que detener su marcha, va a ser muy difícil que alguno pare a darle una mano. Sea por temor a ser asaltado, o porque sencillamente es tal el estado de alienación con el que nos movemos, que no vemos lo que sucede a nuestro alrededor. Y si un alma caritativa, decidiera acercarse para ayudar, es digno de verse el temor que asalta al que está detenido con su automóvil, pensando que quién se aproxima lo hace con intenciones deshonestas.
Todo ello transcurre casi normalmente día tras día. Día tras día, contemplamos como ello ocurre sin intervenir.

Quizá sea el momento de comenzar a participar de lo que sucede. Desde el lugar que fuera, por más pequeño que parezca, comenzar a ser parte de las modificaciones que queremos que sucedan.
Desde lo más pequeño, como saludar, agradecer, pedir por favor, dar paso, no comprar cosas que sabemos que tienen un origen ilícito, respetar las leyes y si nos parecen inadecuadas pugnar por su modificación, no tolerar las injusticias sean que nos afecten propiamente o al prójimo, pedir explicaciones, etc.

Y desde lo político, no limitar nuestra participación e injerencia al sólo hecho de sufragar. Y si sólo quisiéramos ser parte únicamente en este proceso, hacerlo a conciencia, buscando idoneidad y no conveniencia en los que en definitiva representarán nuestras voces en los poderes del Estado. Elijamos  a nuestros mandatarios libremente, pero también responsablemente.
Al comienzo, demandará de nosotros mayor esfuerzo, porque no es a lo que estamos acostumbrados. Pero a largo plazo, ese esfuerzo irá reemplazando al esfuerzo que empleamos en soportar todo lo que acontece y nos molesta.

Sin duda, no veremos los resultados inmediatamente. Pero sí, podrán ver los resultados las próximas generaciones, los que vienen, a quiénes siempre cargamos el peso del futuro, sin que nos avergüence –llamativamente-  que el presente, lo que está ocurriendo hoy, está a nuestro cargo.

lunes, 14 de enero de 2013

Al galope



El sol se asomaba en una de las playas del sur de Portugal, mientras el agua apenas mojaba suavemente las capas de arena fina y dorada que se dejaban acariciar.

La temperatura era agradable y el silencio reinaba en el lugar. Sólo se escuchaba la leve brisa marina resonando entre las rocas.

Como una saeta se asoma, al galope, un caballo negro ligero, de apenas unos 5 años de edad. Sus cascos sin herradura, golpeaban en la arena produciendo un eco muy particular, seco pero firme. Así, galopaba sin detenerse como si lo estuvieran persiguiendo, desbocado.

Huía de un hara cercana, no quería estar más allí. No quería estar encerrado, y terminar mascando las tablas del establo, o dando coces a las paredes. Extrañaría al resto de su manada, pero más ansiaba su libertad.

No sabía siquiera adónde se dirigía, y su rumbo era sin curso fijo, sólo limitado a bordear la costa, porque la arena estaba muy caliente en las zonas más alejadas del agua.

El viento que venía del mar, le movía las crines sin ton ni son, y le daba a la vista, un porte entre elegante y descuidado, pero sin dudas personal. Verlo andar, era ya un espectáculo digno de todo amante de la naturaleza.

El mar de fondo hacía contrastar más su color negro intenso, que brillaba espectacularmente a los rayos del sol.

¿Qué opinarían sus ancestros salvajes de tal encierro que lo había tenido prisionero? Ningún guerrero dotado de esa velocidad y ligereza podría permanecer encerrado, no era justo. Su parte instintiva lo impulsaba a correr, y sus hábitos lo persuadían a permanecer en un lugar seguro y tranquilo. Pero en un caballo de esta clase el instinto siempre puede más. Y así corría.

La sed, no parecía importarle, su vigor seguía intacto, y sus ancas se movían como piezas de una maquinaria excelente, la mejor hecha por la naturaleza para correr.

La liviandad de no llevar a nadie sobre su lomo, no tenía precio. Nadie le decía cuando pasear, cuando trotar, ni cuando correr, ni cuando saltar, ni cuando detenerse. Era él, el viento y el sol, los únicos que lo acompañaban en su tranco, que cada vez era más y más ligero.

Su vigor juvenil lo aceleraba y aventaba el fuego que yacía en su interior. El peligro de ser nuevamente atrapado lo corría por detrás, pero también lo acechaba por delante. Estar vivo, ya significaba de por sí, alguna clase de peligro.

Quizá, si no fuera de día y fuera de noche, se confundiría entre la penumbra, y con su mágico dominio lunar pasaría más desapercibido hasta esconderse entre algunas rocas. Pero era el día, y todo iluminado a su alrededor, lo delataba como una mancha negra que pasaba a alta velocidad, sin descanso, pero también sin fatiga.

Si estuviera en Asia, se lo confundiría con un guía de las ánimas que escapó de la tumba de algún difunto que otrora era su amo. Es increíble que fuera considerada la mejor de las ofrendas animales y a cambio de ello se le quitara la vida. Era el encierro o la muerte sus dos posibles destinos. ¿O acaso el encierro no es también una forma de morir?

Es cierto que si no estuviera en el siglo XXI, los celtas y los germanos, lo hubieran trozado minuciosamente y hervido en un caldero, como gran acontecimiento social.

No hubiera tenido la suerte de los mitos griegos, que lo colocaban sin duda en una mejor posición: centauros, silenos, sátiros… y ni hablar de Pegaso, ese sí que era un afortunado, no sólo siendo el caballo de Zeus, sino quedando en las leyendas como simbolismo de luz y heroísmo.

Ni siquiera su color era blanco, encima era negro. No podría haber sido nunca considerado en cabalgadura de los dioses, ni símbolo de fuerza bruta dominada por la razón, ni menos de alegría y victoria. Su color era asociado con la noche y la oscuridad.

Hasta Cristo aparecería en su segunda venida con un caballo blanco, triunfante, pero sin embargo era más probable que su pelaje negro fuera asociado a los jinetes del Apocalipsis que a portador del Salvador.

Fuerza, velocidad y resistencia. Eran sus mejores cualidades, las cualidades que lo harían libre, las cualidades que le darían su nueva vida, las mismas que hicieron que sus ancestros fueran ya representados en las cavernas o lugares más sagrados desde la prehistoria. Esas cualidades que el hombre siempre buscó tener, y por eso fue uno de los primeros animales que buscó domesticar.

Así los humanos pudieron con su ayuda, alcanzar la fuerza, la velocidad y la resistencia, pero jamás tuvieron su belleza y su valentía, por eso nunca tuvieron su real libertad.

Son pocos los verdaderos guerreros humanos que guiados por sus impulsos, sacuden sus cascos sobre la arena hasta alcanzar su meta. No tienen la rebeldía animal suficiente y por eso ganan las batallas, pero no pueden aún ganar la guerra. La guerra requiere también de respeto, por los otros guerreros, por el resto de la manada.

Tampoco todos los humanos tienen la magia de los unicornios, ni su espiritualidad, ni la fantasía, ni los ideales necesarios. Sólo galopan, y la mayoría de las veces se dejan domesticar fácilmente en busca de comodidad, abrigo y comida. No tienen el valor de alcanzar la velocidad necesaria para ganar, no tienen la dignidad de poseer un galope propio que los haga libres, que los haga líderes de su propio imperio, y sólo se dejan montar o encierran a cualquiera para imperar sobre otros y no sobre sí mismos.

Ellos necesitan látigo, cabestro y freno para no desbocarse, porque sólo han sido sometidos y no entrenados para el combate.

Y eso que los hombres pesan mucho menos que sus 500 kg, que el caballo levanta y ondea como si fuera una pluma, a través de la fuerza de sus instintos de huida y defensa. Con su agilidad, que sólo se ve amedrentada por su constante estado de alerta y algunos matices muy tenues de docilidad.

El caballo negro, extrañará los vínculos con el resto de su manada, sus relinchos, y su acicalamiento y lenguaje corporal, pero su sangre caliente y su temperamento alerta y nervioso, lo llevará a seguir andando sin parar.

Cada tranco, lo acercará más y más a su libertad. Y seguirá corriendo desbocado, pero seguro, hasta que un día, las calientes playas ya no le parezcan tan bonitas, y el viento ya no le parezca una caricia, sino un golpe que le recuerde en su cara, que podrá galopar todo lo que quiera, pero algún día descubrirá que solo, no será capaz de poder cruzar el mar.

viernes, 11 de enero de 2013

El séptimo planeta


"Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de la vida fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma" (Carl G. Jung).

Somos eternos aprendices, eternos alumnos. Cada situación, cada lugar, cada persona, fue elegida por nosotros antes de venir. Cada uno cumple una función en el desarrollo de nuestra misión y de nuestro aprendizaje, función de asistencia recíproca.
Para ayudar a que este aprendizaje tenga lugar, como profesores celestiales, los astros también influencian, a fin que cada materia sea rendida dentro del programa de rigor.
Entre ellos, Urano es el séptimo planeta del Sistema Solar, el tercero en cuanto a mayor tamaño, y el cuarto más masivo. Es muy interesante conocerlo, porque es el planeta que rige la era por la que estamos transitando, y en la que también por supuesto elegimos estar. La era de Acuario.
Urano, se llama así, en honor de la divinidad griega del cielo: Urano (del griego antiguo «Οὐρανός») el padre de Cronos (Saturno) y el abuelo de Zeus (Júpiter).
El símbolo astronómico de Urano es un híbrido entre los símbolos del planeta Marte y el Sol, puesto que Urano era dios y personificación misma del cielo en la mitología griega, el cual creían dominado por los poderes combinados del Sol y de Marte. En las lenguas de China, Vietnam, Japón y Corea la traducción literal del nombre del planeta es «la estrella reina del cielo» (天王星).
Como decíamos, es el planeta regente de Acuario, exaltado en Escorpio y exiliado en Leo.
El sistema de Urano tiene una configuración única respecto a los otros planetas, puesto que su eje de rotación está muy tumbado, casi hasta su plan de revolución alrededor del Sol. Por lo tanto, sus polos norte y sur se encuentran en donde la mayoría de los otros planetas tienen el ecuador. Estos rasgos extraños reflejan su significado astrológico como aquel que rompe con las convenciones y lo establecido, tan propio del signo de Acuario.
Urano tarda 84 años en recorrer su órbita alrededor del Sol, e invierte alrededor de 7 años en recorrer cada signo del zodíaco.
Entre todos los planetas es el que más gobierna el genio, la mente. Por ello es el símbolo de la revolución mental, e históricamente, fue asociado con los principios de la Ilustración e ideas políticas radicales, de igualdad y libertad.
En su aspectación física, Urano se cree que está especialmente asociado con el sistema nervioso simpático, los trastornos mentales, la locura y la histeria, espasmos y calambres, aunque también la circulación sanguínea, los tobillos, las pantorrillas y las hormonas. Y especialmente con las manos, pero orientadas no a la creación artística o hedonística, sino a la elaboración de tecnología, a la ejecución material de planos intelectuales.
Urano es la representación del cielo que, en esoterismo, es un estado mental y no un lugar físico. Y a ese reino se llega mediante la intuición y el pensamiento superior.
Su función en nuestro aprendizaje es llevarnos hacia adelante mediante la revolución, con el propósito de transformarnos, orientándonos al cambio, tras la ruptura si es necesario, así como la inestabilidad, para obligarnos a romper con lo establecido, a través de la excentricidad y la inventiva.
Absorber la vibración uraniana completamente, es una de las metas más difíciles para cualquier ser humano, porque requiere cierto grado de evolución y porque los sucesos que le preceden, nos preparan para obligarnos a evolucionar si no estamos listos, y ello no es siempre bienvenido con aplausos.
En esta evolución necesaria, los lados más positivos de los otros cinco planetas deben primero ser conquistados: el ingenio de Mercurio; la habilidad de negocios y de organización de Venus; el valor de Marte con su deseo de proteger al débil; la dignidad, generosidad y amor por la belleza que inspira Júpiter, pero sin el deseo de ostentación personal; mientras que Saturno debe contribuir con su poder, paciencia y sabiduría mundial. Urano también proporciona el poder de síntesis, y visión comprensiva: visión global. Es por esto que el uraniano es el perfecto organizador.
La influencia de Urano es el lado positivo o desarrollo práctico de las vibraciones de Neptuno. El signo Leo es el que saca la influencia completa de Urano porque es el signo de la generosidad y simpatía, no la simpatía de Saturno (mental) o Júpiter (emocional) sino la simpatía del corazón que previene al regente de tratar de explotar a otros para su propio beneficio. Urano produce el verdadero regente divino.
Como cualquier situación en la que no evolucionamos conscientemente, para atravesarla, si es necesaria para el aprendizaje que vinimos a realizar, hay factores de destrucción o catastróficos, que nos obligan a prestar concentración a ciertas cuestiones descuidadas, en forma repentina, definitiva (como una necesidad muy interna), tal cual la acción de la electricidad o una erupción volcánica. El efecto general en una persona, precipitará repentinamente algún evento el cual intenta despertar el lado espiritual de la naturaleza por un choque. El método uraniano de trabajo es por directa o ataque frontal. Tiene una influencia positiva o con atributos masculinos.
Rige intentos, originalidad, ciencia, electricidad, magia, lo oculto, la luz, astrología, psicología, rayos X, aviones, percepción de las leyes naturales. Es futurista, humanista, intelectual, excéntrico, bohemio, egoísta, utópico. También rige la voluntad creadora, el cambio súbito, la revolución y las dictaduras, el individualismo, el ingenio, rebeliones y autonomía. Su acción es súbita, inesperada y a menudo violenta. Urano es un destructor de tradiciones. Investigaciones recientes asocian también a Urano con los desastres naturales, sobre todo con los terremotos.
Urano tiene entonces una función dinámica, es una fuerza que hace palanca en cada punto de apoyo para destruir o crear, según exijan las circunstancias. Representa entonces el impulso hacia la acción en los casos de emergencia.
Es la supresión de lo inútil. Se opone a la inercia. En suma, de Urano depende ese ímpetu de la voluntad que, impulsivamente ciego en Marte, se vuelve aquí prudentemente organizado, dirigido a un fin preciso. La rapidez de reflejos musculares regulada por Marte se transforma en rapidez de reflejos mentales. Ambas obedecen a estímulos inmediatos. Cuando la necesidad de actuar es compulsiva, la acción a corto plazo, concentrada en los objetivos más inmediatos, siempre es la más eficaz. Urano tiende a eliminar la sucesión temporal de los hechos resolviéndolo todo en el presente, y tiende a ignorar la concatenación de causa y efecto en su propagación más remota resumiéndola en un resultado realizable concretamente a breve plazo a través de los medios más propicios que se tienen a mano.
De hecho, Urano es el planeta de la técnica en todas sus expresiones, comenzando por la más clara que corresponde a la habilidad de aprovechar los elementos pasivos e indiferentes de la naturaleza para transformarlos en instrumentos útiles al hombre.
La sensación a percibir es como si algo en nuestra vida tuviera que cambiar imperiosa y compulsivamente, haciéndonos saltar por los aires si es necesario para que así lo advirtamos.
Por supuesto que esto nos genera gran desconcierto cuando aparece, pero a su vez, nos impulsa a una gran creatividad, dado que los medios conocidos no nos alcanzan o no nos sirven para resolver la situación inmediata.
Habla así también del desapego a lo establecido, de la genialidad, del futurismo, la investigación y siempre en forma global, por lo que nos lleva a la fraternidad. Por supuesto, que como todo también posee su lado negativo: el nerviosismo, decisiones repentinas que luego no podemos controlar con posterioridad, libertinaje, utopía, exageración de lo científico, y desde ya la irresponsabilidad. Incluso, conllevando a la rebeldía por la rebeldía en sí misma, condimentado con un poco de necesidad de llamar la atención.
Así, en un sentido desarmónico, tiende a que el ser humano sea un intelectualoide, que sabe mucho y no practica casi nada, lo cual motiva que su pensamiento sea utópico, teórico y, a veces, enrevesado. También describe una tendencia a los acontecimientos bruscos e inesperados en la vida, el desapego convertido en frialdad, excesiva anarquía e indisciplina.
Varios planetas influyen en el tránsito de nuestra vida. Si los conocemos, así como si nos conocemos a nosotros mismos, podremos ser más conscientes de su influencia,  y potenciarla a nuestro favor. Por supuesto, no en un sentido determinista, sino para contar con todas las herramientas necesarias para que nuestra elección sea la más acertada.
La más acertada para nosotros, y la más acertada para la humanidad.
Tal como “El principito”, seamos  viajeros del espacio, miremos atentamente el paisaje de nuestra existencia, no nos apresuremos, esperemos un momento y elijamos lo mejor, para nosotros y para el bien de todos.
Que en la Era de Acuario, Urano ejerza toda su influencia, a través de todos y desde cada uno.